martes, 28 de noviembre de 2017

"A aquellos cielos geológicos", a propósito del libro Cielos de Extremadura (2017).

Como compromiso con los organizadores del 7º Encuentro de Blogueros de Extremadura, celebrado el pasado sábado, 25 de noviembre de 2017 en la Fundación Xavier de Salas, en Trujillo, y en el que ha colaborado la Dirección General de Turismo, traemos este breve texto encomendado a nuestro blog Geologías de Extremadura, a propósito del paso de cometa Hale-Bopp. 

Muy agradecidos quedamos a la organización por brindarnos esta oportunidad de aparecer nuevamente en el excelente libro editado este año.

A aquellos cielos geológicosPoco tiempo después de mi llegada a tierras extremeñas, si hubo algo que comenzó a fascinarme fueron sus claros cielos, tanto de día como de noche. Gracias a ello recobré mi afición por la fotografía, que apliqué relativamente bien de día, plasmando en fotos la numerosa diversidad que iba encontrando por aquí y por allí. Sin embargo, no tenía idea de cómo fotografiar el cielo nocturno. Un reto que asumí con la Minolta que por entonces utilizaba, aún réflex. La clave: trasnochar, pasar algo de frío y, sobre todo, muchos carretes de diapositivas. Dicho así, parece fácil. Y de hecho, una vez conocidas las sensibilidades, controladas las obturaciones y los encuadres, sólo fue cuestión de probar diferentes exposiciones.Además de las clásicas constelaciones, las imágenes más impactantes que por entonces tomé fueron las que realicé a uno de los dos cometas que por aquella época tanto estuvieron en boca de todos. Se trataba del cometa Hale-Bopp, que se dejaba ver por encima de nuestras cabezas, hacia el poniente.

Espectacular en su silueta, recuerdo que la Sierra de Montánchez parecía querer abrazarlo cada noche: era un querer y no poder, como un Zenón que nunca llega a su objetivo. Las fotografías más expresivas fueron realizadas cuando en el horizonte no quedaba ya rastro del sol, pero sí de su luz. Sobre cielos con tonos naranjas, rojos y azulados, allí se mantenía suspendido mi amigo, dispuesto durante semanas a que experimentase con él. Y lo hice.

Años después, sin posibilidad de recuperar los originales de aquellas fabulosas imágenes, redescubro este año la silueta de la sierra que fue escenario privilegiado para encuadrar al cometa: Montánchez. Y con ella me viene a la memoria la figura también de uno de los personajes extremeños más destacados de la geología, Eduardo Hernández Pacheco y Estevan, “Pachecón”.
Porque si este hombre viviera habría relacionado, en algunos de sus escritos divulgativos, la geología de nuestro planeta con la que refiere un cometa, aquel cometa expresamente. Y ¡quién sabe si no lo haría conjuntamente con Mario Roso de Luna, el Mago de Logrosán, creador del kinethorizon, instrumento astronómico que patentaría este sabio a finales del siglo XIX! Y señalo esta hipotética colaboración porque ambas familias acabarían convergiendo en la actual Hernández-Pacheco Roso de Luna, herederos de dos estirpes científicas muy notables.Y aventuro más: ¿cómo plantearían el trabajo? Sin lugar a dudas, para empezar dando protagonismo al terruño extremeño, al que tanto debían. Tanto la historia geológica del planeta como las suyas propias serían, consiguientemente, los hilos conductores del manuscrito. Todo ello sin olvidar que detrás del origen de la vida siempre están latentes los cometas, como transportes de cadenas de ácidos nucleicos. Finalizaría el hipotético trabajo con una reseña astronómica más precisa de D. Mario, experto en el tema. Y, ¡quién sabe!, quizá Pachecón permitiese una saudade sobre la vida y la reencarnación por parte de su colega: una mención esotérica a la energía de la que todos formamos parte, en masa y en tiempo.¡Ah, si hubieran llegado a las mismas conclusiones que los astrofísicos actuales! No lo sabremos, porque esto es un juego de mi imaginación acerca de unos hombres sabios que vivieron hace más de cien años, que deambulaban por las sierras, mirando al suelo, pero también al cielo, al igual que hice yo hace ya tres décadas largas, y como hacen hoy en día los entusiastas del cielo nocturno, que han descubierto finalmente las bondades de Extremadura en este sentido.Pero, ¿qué sería de estos astros que tanto nos gusta observar sin un soporte físico como el que tenemos en nuestra tierra? Sean sierras, bosques, planicies o masas de agua, el marco resulta indispensable para configurar ese escenario que buscan ya los turistas amantes de estas cosas.Y en este sentido no me puedo contener en relatar muy brevemente cómo Extremadura es lo que es, geológicamente hablando, tras al menos 600 millones de años de historia conocida. Lo que hubiera visto un eventual espectador en estas tierras, navegando fugazmente, como ese cometa Hale-Bopp, sería similar a las escenas que corren veloces ante nuestros ojos: mares que aparecen inesperadamente, montañas que surgen del mar por el choque de grandes masas de roca (placas tectónicas), volcanes vertiendo sus lavas, rocas agrietadas por las que fluyen aguas cargadas de metales, ríos bravíos y no tanto, mares de grandísimas plataformas continentales, repletas de vida, y taludes desde los que caen por gravedad bloques inmensos de roca y sedimento.
Y en todo ese devenir, seres minúsculos viviendo y reviviendo, en aparente lucha: viscosos, con conchas de queratina o carbonato, para protegerse de otros, cartilaginosos algunos otros y con hueso los que menos. Y mareas inmensas y plácidas, que de todo ha habido, mares coralinos, turquesas, o grises como los icebergs que por ellos flotaban, y tormentas, las justas y necesarias, a veces auténticos tornados. Todo esto sin olvidarnos de los terremotos, esos siempre protagonistas de la dinámica terrestre.Proterozoico y Fanerozoico, evolución, oro y plomo, cuarzo y arcillas, estromatolitos, cloudinas, arqueociatos, trilobites, graptolitos y corales, cuarcitas y lutitas, fallas y cizallas tectónicas, granitos y pórfidos… palabras que acabarán siendo conceptos universales de todos los extremeños. Así que brindo por este deseado y pronto saber patrimonial, en honor tanto de floras como de animales extintos que nos han precedido, quizá tan extremeños como nosotros, como esos lagartos terribles que vagarían por nuestros bosques mesozoicos, pero que no pudieron dejar huella más que al otro lado de la Raya.
Todo ello, absolutamente todo, está representado en esa foto que tengo en mi memoria, donde un cometa y un planeta, como dos especies vivas separadas por millones de años de evolución, en lo profundo de su ser saben que tienen algo universal y primigenio que los une.
Y, mientras, aquí estamos nosotros, creyéndonos protagonistas de algo, un no sé qué (quizá una brevísima Humanidad), mientras consumimos experiencia material y excretamos al aire nuestra indolencia como especie aparentemente inacabada.


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